MAÑANA SERÁ OTRO DÍA.

Cuando caminas por la ciudad, no te das cuenta de todas las cosas que te rodean. Muchas veces miras sin fijar tu vista más de unos segundos, quizá ni siquiera fijas la vista. A tu lado deambulan diversos géneros urbanos, una diversidad de punkies, góticos, neo hippies, ancianos y niños, todos comunicando de una u otra manera sus necesidades. Pero tú pasas sin mirar, pasas pensando en tus propios asuntos. Cuando pasas por un quiosco, las terribles noticias de los diarios te desesperan, te deprimen, casi oprimiendo tu pecho tanto que debes bostezar para inflar tus pulmones de aire. Pero una vez que te restableces, sigues caminando tal como antes. En tu interior piensas que todo es culpa de la humanidad, culpa de los inexistentes samaritanos que deberían colmar el mundo de amor y ayuda social, y pasas por el lado de una niña descalza y no te fijas en que en medio del frío va sin abrigo, y en una esquina te topas con un hombre que va con un saco raído, y lo único que haces es hacerte a un lado rogando que no te toque. Más allá puedes ver como en un rincón oscuro de la calle hay una mujer liviana de ropas que habla con un tipo en un auto estacionado, pero a tí no te hace problema, te parece lo más normal. No te interesa su historia, ni sus necesidades. Si tu esposa no te estuviera esperando en casa quizás hasta repetirías la experiencia vivida hace algunos años, una noche en que paraste precisamente en esa esquina y hablaste tú también con una mujer.
Pero seguiste tu camino, quizás porque llevabas algo de hambre. En una esquina de la plaza pudiste ver un grupo de chicos jugando con una jeringuilla, y más allá otros grupos sentados en un círculo, bebiendo de unas botellas, pero a tí no te pareció demasiado importante, porque entre esos grupos no habían hijos tuyos, que fueran tu responsabilidad. Ni siquiera pestañeaste cuando de pronto sin saber por qué, alzaste los ojos a la terraza de un segundo piso, y viste a una joven llorando, con las muñecas arañadas y en sangre. Una llamada de tu teléfono celular hubiera bastado para ayudar, pero tú no estabas seguro de tener minutos para hablar, y además, ibas tan apurado... quizá era sólo un juego de adolescentes.
Por fín llegaste a tu casa. Nada más llegar prendiste la TV, y la dejaste sonar en cualquier canal, sólo para tener algo de bullicio en la silenciosa estancia. Buscaste a tu mujer, y la encontraste sentada en tu cama con el rostro descompuesto y las lágrimas mojando sus hinchadas mejillas, llorando por que no sabe donde están tus hijos. Pero a tí no te importa, porque es pan de cada día. Mañana llegarán, tú lo sabes, pero tu mujer está desmoralizada. Cansada de todo esto te dice que no podría ser más infeliz y que quiere el divorcio, y a tí no te queda más que hacer que asentir con la cabeza y los hombros caídos, coger tu chaqueta y volver a salir a la calle, para volver a encontrarte con personas sumidas en su propia infelicidad. Ya es muy tarde, y no tienes a dónde ir, así que entras a un hotel al que llegas tras subir unas larguísimas escaleras.
Al llegar a la recepción te preguntas por qué has venido a parar al hotel de los ratones, pero pronto divisas la calva de un veterano que te ofrece un cuartucho por una noche. Entras y te sientas en el camastro de piedra, y así, con ropa y todo, te dispones a tratar de dormir, ayudado por dos pildoritas amarillas. Pasas un rato medio adormilado, hasta que comienzas a sentir gritos y sonidos de dudosa procedencia, y aunque tratas de no oír, los gritos continúan. Resuelto a ejercer tu maldito derecho a dormir, te levantas de la cama y tocas la puerta decidido a pedir un poco de decoro, y es entonces cuando te abre la puerta un atrevido jovencito, que te manda a la joda sin dejarte decir palabra; y hasta aquí todo iba bien, porque ahora de pronto todo se ha ido al caño, porque has visto por entre medio de la puerta la figura de tu hija tapada tan sólo con una sábana inmunda. Tiras la puerta con todo y adolescente y agarras a tu hija de las muñecas, y la sacas del sitio y la llevas con su madre. La muchacha alega con ira que tiene diecisiete años, que en cinco meses más será mayor de edad, pero al llegar a casa se encuentran con que la misma madre estaba inmersa en sus propios asuntos, con un tipo que se escucha gritarle por el nombre desde la misma puerta de entrada. Tú y tu hija están boquiabiertos, pues resulta ser que tu mujer podría ganarse la vida como la mujer de elástico del circo del barrio, tal es la posición en la que se encuentra. El tipo está como si nada, como si ustedes fueran invisibles, o meras esculturas con los gestos más patéticos que se pudieran encontrar. Tú lo sacas de la cama a golpes, recibiendo tú mismo una paliza de aquellas, hasta que el hombre decide irse, dejándote con la espalda doblada en tres partes diferentes, y maldiciendo a tu esposa. Ella sólo mira a la hija vestida con una sábana verdosa y entonces, sólo entonces, rompe a llorar. Quien debiera llorar eres tú, te dices, pero has decidido que este día debería quedarse en el pasado, y bajas a la cocina a preparar un fuerte café para todos. De pronto abajo sientes que suena una llave y entra tu hijo, presumiblemente acabado de esnifar cocaína. Ya qué, -te dices-, esta noche ya nada puede ser peor. El monigote sube las escaleras un tanto doblado a la derecha, agarrado del pasamanos, y se pierde en la oscuridad. Preparas cuatro tazas de café caliente, sin pan, sin bollos, ni pastelitos, y los llevas arriba, donde te esperan una mujer insatisfecha, tu hija insatisfecha y aterrorizada por todo lo ocurrido, y un adolescente que no sabe ni en qué mundo vive. Subes las escaleras, contando los peldaños uno por uno, pensando en que vas a dormir y reponer fuerzas, porque mañana será otro día.

rajugo dijo
Judith, escalofriante historia pero que no podemos pasar por alto, pues es un vivo ejemplo de los múltiples problemas que enfrentamos en nuestro mundo postmoderno. La locura colectiva es cada vez más latente y parece que a nadie le importa. Cada quien se quiere rascar con sus propias uñas, sin considerar a los demás. ¿Qué hacer? Queda la histórica pregunta del siglo XIX.
Saludos desde México
22 Marzo 2007 | 06:47 AM